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       Sábado, 18 de Octubre de 2014     Francisco José (3)

    Por Manuel Fernández Espinosa
    de la Revista Cultural "Órdago" de Torredonjimeno.

    Corría el año de 1.275. Era la Edad Media, la época de los Castillos y los caballeros. Los moros invadieron nuestra comarca, arrasando las ciudades, robando los ganados, violando las mujeres y capturando a los niños y a los viejos. Martos sufrió la entrada de los mahometanos. Fue entonces cuando el Arzobispo de Toledo, Don Sancho de Aragón, vino con su ejército a defender a los cristianos.

    Llegó el Arzobispo de Toledo al vecino pueblo de Torredelcampo, y se dispuso aguardar allí a que Don Lope Díaz de Haro, Señor de Vizcaya, viniera con sus mesnaderos para robustecer las tropas cristianas. Pero, cuando el Arzobispo esperaba los refuerzos del Señor de Vizcaya, el comendador de Martos, Álvaro García, llegó a Torredelcampo. Álvaro García le pidió al Arzobispo que se diera prisa en ir a defender Martos, pues los moros estaban cansados de pelear y no eran muchos. El criado del Arzobispo, llamado Sandurca, que quería mucho a su señor, le aconsejó que esperara la llegada del Señor de Vizcaya con sus tropas. Álvaro García, irritado, le contradijo al criado, y le recomendó a Don Sancho que no aguardara a Don Lope Díaz de Haro, pues si Don Sancho, con solo sus soldados, ganaba la batalla a los moros, la gloria sería sólo para él y no tendría que compartirla con el Señor de Vizcaya.

    El Arzobispo de Toledo, que era joven y estaba deseoso de ser admirado por las gentes, cayó en la tentación y siguió el consejo de Álvaro García. Desoyendo a su fiel criado, ordenó que preparasen los caballos y montando en su corcel fue a la cabeza de sus huestes. Salió de Torredelcampo, y vino siguiendo el arroyo de la Piedra del Águila. Pero al llegar a lo que hoy llamamos en Torredonjimeno "Las Celadas", que significa la emboscada, los moros estaban preparados, esperando que los cristianos cayeran en su trampa. Álvaro García era un traidor que había engañado al Arzobispo para arruinar la vida de los cristianos. Los cristianos se encontraron con aquella emboscada y lucharon invocando, como tenían costumbre, a Santiago Apóstol: "¡Santiago, y cierra España!" - gritaban los soldados del Arzobispo. "¡Alá es grande!" - decían los moros en su lengua. Los moros eran más que los cristianos y vencieron a la pequeña tropa del Arzobispo.

    Destrozadas las tropas cristianas, el Arzobispo quedó abandonado y solo; sus hombres habían muerto o habían huido a Torredelcampo para ponerse a salvo. Don Sancho, triste y cansado de pelear con la espada, fue a una fuente de agua a templar su sed. Estaba bebiendo el Arzobispo, cuando lo atraparon unos moros. Lo maniataron y sus captores empezaron a discutir quién de entre ellos se quedaba con el prisionero, para pedir rescate por su cabeza. Como discutían los moros entre sí, uno de ellos, muy fanático, llamado Aben-Atar, montado sobre su caballo se fue hacia el Arzobispo y le arrojó una lanza que le atravesó el cuerpo, diciendo: "No quiera Alá que por un perro cristiano se peleen mis hermanos moros". Y allí mismo, en aquella fuente que todavía hoy se llama la Fuente de Don Sancho, le cortaron la cabeza y la mano con el anillo de Arzobispo al cadáver, y dejaron el cuerpo sin vida allí tirado en el campo, llevándose con la cabeza y la mano, la Cruz del Arzobispo como trofeo de guerra.

    Cuando Don Lope llegó a Torredelcampo y se enteró de lo sucedido por los sobrevivientes de la batalla que allí se habían refugiado, acudió rápidamente a ver si podía socorrer al Arzobispo, creyendo que todavía estaba vivo. Buscó Don Lope a los moros y cuando los encontró, combatió con ellos hasta que recuperó la Cruz del Arzobispo. En la refriega, los moros le quitaron a Don Lope su estandarte, pero el valiente vasco se metió entre los moros a espadazos hasta que lo recobró.

    Huyeron los musulmanes a un monte, tal vez lo que hoy es nuestro Calvario, y los cristianos se subieron a otro, quizá donde está hoy el castillo de nuestro pueblo. Pasaron una noche, recelando unos de otros. Pero a la mañana, cada ejército se retiró sin pelear más. Don Lope regresó al lugar donde el Arzobispo con los suyos había sido destrozado. Encontró el cuerpo de Don Sancho, sin cabeza ni mano, y mandó que lo llevasen a enterrar a Toledo.