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  • La Sábana Santa: LA PASIÓN DE JESUCRISTO DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA MEDICINA

       Sábado, 18 de Octubre de 2014     Francisco José (3)

    Lo que van a leer a continuación ocurrió hace cientos de años y si hasta hace poco los únicos datos que el cristiano disponía para analizar la veracidad de los hechos eran los proporcionados por los textos evangélicos, hay, para los que aquello no le pareciese suficiente, disponemos de un documentos inapreciable: La Sábana Santa de Turín. Hasta los más mínimos detalles de los Evangelios han sido confirmados por los estudios científicos de la misma, número de azotes, tamaño y situación de los clavos, herida en el costado etc., y lo que es más hasta la propia Resurrección se desprende y puede, hasta ciertos punto, asegurarse por las últimas pruebas realizadas.

    La medicina también ha tenido mucho que decir la respecto y las múltiples experiencias realizadas por Barbet y otros permiten reproducir minuciosamente la "historia-clinica" de la Pasión de Cristo, confirmando aquellos atroces padecimientos a la luz de nuestros conocimientos actuales. Las cosas sucedieron así:

    Después de la entrada en Jerusalén y de la institución de la Eucaristía en la Última Cena, Jesús que sabe próxima su última hora se dirige con los suyos al Huertos de los Olivos. Allí los que acompañaban quedan profundamente dormidos. Es de noche. El lleno de angustia oraba y como dice San Lucas "sudó como gruesas gotas de sangre (Lc XXII, 45). ¿Es posible este fenómeno?. La sudoración profusa y simple es una manifestación típica ante situaciones de terror, miedo, "stres" en general. Más difícil es la explicación de la sangre pero no imposible. La hematohidrosis o sudor de sangre puede acontecer ante las mismas circunstancias anteriores llevadas a sus extremos. Todos eso debió sentirlo Jesús que sabe va a morir y sobre todo el tipo de muerte que le espera. Surge así una intensa dilatación de los capilares subcutáneos que en el máximo puede causar una ruptura de los mismos en su punto de contacto con los terminales de millones de glándulas sudoríparas con lo que de esta forma la sangre mezclada con sudor fluye a la piel.

    Consumada la traición de Judas, Jesús es prendido y llevado ante Anás y después ante Caifás donde debió recibir los primeros bofetones, golpes y salivazos. Bien en ese momento o después le arrancaron mechones de barba y golpearon el lado derecho del rostro con una vara aproximadamente de 4,3 cm de diámetro, sobre todo debajo de la cuenca derecha del ojo (región cigomática), pero también en la mejilla izquierda y labio inferior. Alguien de un puñetazo le fracturó la nariz.

    Está amaneciendo cuando llevan a Jesús ante Pilato, quizás previamente han limpiado la sangre más por miedo a irritar al romano que otra cosa. Pilato que no quiere complicaciones con los judíos le envía a Herodes pero de nuevo la comitiva vuelve a él. Quizás pensando en salvarlo ordena que lo azoten Jesús es desvestido, le atan las manos a una estaca o columna quedando encorvado. Dos individuos lo azotan desde atrás con el "flagrum". El instrumento utilizado constaba de un mango de que partía una doble correa en cuyos extremos pendían trozos de hueso o plomo para desgarrar profundamente la carne (Fig. 1). La ley judía prohibía aplicar más de 40 latigazos y los fariseos habían reducido el número a 39. Jesús, sin embargo recibió al menos 60 azotes repartidos por los hombros, espalda, región lumbar, muslos, piernas etc. Los verdugos temiendo su muerte cesan en el castigo. Le ponen un manto, lo sientan y lo colocan una caña entre sus manos. Alguien trenza una corona de espinas, no la corona circular del arte cristiano sino formada por un casco cubriendo toda la cabeza asegurada debajo el menton mediante juncos. Unos de los presentes le hunden la corona de un golpe clavándosela en el cuero cabelludo. Esta región, muy vascularizada, comienza a sangrar profundamente (Fig.2).

    Imaginemos por un momento cual es el aspecto de Cristo: El rostro cubierto de sangre y moraduras, colgajos de carne se desprenden de la superficie corporal. La nariz rota, los labios hinchados, la pérdida de sangre y sudor le han dejado un estado vertiginoso por lo que los verdugos aparecían borrosos ante sus ojos casi cerrados por los golpes...

    Ni aun así la turba queda satisfecha. Pilato tras el intento de canje por Barrabas, se lava las manos e implícitamente autoriza la crucifixión. Este tipo de muerte era la forma más dolorosa e ignominiosa de pena capital. Se llevaba a cabo en la cruz de las que existían diversos tipos. Jesús fue crucificado en la cruz romana que constaba de dos partes: una estaca vertical fija en el suelo ("palus, stipes") y otra transversal ("patibulum"). La cruz debió ser baja y el hecho de que se le alcanzara una esponja a los labios colocada en el extremo de la caña no justifica lo contrario porque nadie acercaría sus manos a la boca de quien sufría grandes convulsiones por temor de que le arrancaran los dedos. No podemos saber, por otra parte, si la cruz poseía tacos salientes ("sedile" y "suppedeneum") que servían de apoyo y prolongaban los sufrimientos.

    Jesús, ligado por una soga al tobillo derecho a dos ladrones, inicia su marcha hacia el calvario que distaba unos seiscientos metros. Le pusieron de nuevo la túnica que quedaría pegada a las profundas heridas, luego al arrancársela el dolor tuvo que ser atroz. Ya tenemos a Cristo tambaleándose y cargado no con la cruz completa sino sólo con el "patibulum" (Fig.8). El madero debía de pesar alrededor de 40 kg y medir entre 1,6 y 1,7 metros. El citado peso y la debilidad extrema del condenado provocó diversas caídas lo que determinó numerosas contusiones en la rodillas a consecuencia de las piedras del camino. (Las heridas aparecen con más intensidad en la Sábana Santa en la derecha que en la izquierda). El tronco burdamente cortado, rozaba e irritaba violentamente los hombros sobre todo en cada caída. Temiendo que no llegara vivo obligan a Simón de Cirene a cargar con el palo, Jesús libre de peso avanzó lentamente llegando al finan del trayecto. Allí cae derrumbado. Lo levantan y recuestan los hombros sobre el "patibulum" e inician la tarea de clavar los clavos que tienen una cabeza de 1,5 centímetros de sección. Le estiran los brazos. A golpe de martillazos los clavos atraviesan las muñecas a nivel del llamado espacio de Desdot (no es posible que pasaron por las palmas de las manos, pues de esta forma no podrían haber soportado un peso aproximadamente de 80 kg, con lo que al desgarrarse el cuerpo se hubiera desprendido de la cruz). Según el testimonio de la Sábana Santa, la herida de la muñeca izquierda es la mejor definida. Tiene forma oval y mide 15 x 19 milímetros, sus bordes son netos y dos regueros de sangre brotan oblicuamente de ella. La muñeca derecha, sin embargo, está más castigada lo que obliga a pensar que algo fracasó en el primer intento de clavarla. Sea como sea a nivel del citado espacio anatómico pasa el nervio mediano que debió lesionarse sin romperse provocando contracción del pulgar y un enorme dolor que se reproduciría constantemente por el roce de los clavos. (Fig.6).

    Ponen de pie a Jesús y le obligan a caminar hacia atrás. Los verdugos elevan el "patibulum" y lo ensamblan en el "stipes". Esta operación la hicieron elevando las manos o como parece también posible (Jesús medía aproximadamente 1,80 metros). Por medio de una escalera de mano adosada a la cara posterior del madero vertical. Anudarían una soga a los extremos del "patibulum", un guardia ascendería y apoyándola sobre sus hombros diría a otros que tirasen para izar el madero. Jesús está ahora en posición vertical, sobre el "stipes" rozará la lesionada espalda y para evitar clavarse la corona en la nuca inclinada la cabeza hacia delante.

    Hay que terminar el "trabajo" clavando los pies. Un clavo atraviesa el pie izquierdo entre los huesos metatarsales, segundo y tercero (interlinea de Lisfrac), después colocan el pie izquierdo sobre el derecho y el mismo clavo atraviesa por el mismo punto (Fig 7). Con otros martillazos fijan los dos pies al madero dejando las piernas ligeramente encorvadas.

    ¿De qué murió Jesús en la Cruz?... Su fallecimiento se debió probablemente a causas diversas que se implicaron unas con otras. En la posición de crucificado, Cristo sufre la sensación permanente de ahogo, el aire penetra en los pulmones pero apenas sale, se inicia la asfixia. La sangre se acumula en la mitad inferior del cuerpo. La tensión arterial cae la sangre se remansa en los órganos viscerales. El oxigeno tampoco llega a los músculos que sufren contracciones espasmódicas y tetánicas. El epigastrio se hunde y oprime hacia adentro, la caja torácica se eleva y distiende en una inspiración profunda. El diafragma también tiende a elevar el epigastrio. Como defensa para restablecer la circulación y respiración normal, Jesús se eleva sobre sus pies, pero al final agotado su cuerpo vuelve a caer (Fig. 3). Poco a poco, extenuado, va cesando en sus movimientos. Esta a punto de expirar. Son cerca de las tres de la tarde "Padre en tus manos encomiendo mi espíritu". Jesús ha muerto.

    Para evitar esas incorporaciones salvadoras momentáneas y para asegurar la muerte rápida a los crucificados se les quebraban las piernas. Con Jesús no hubo necesidad ya que su "fallecimiento" fué relativamente rápido y el lanzazo fué la verificación legal del mismo. "E inmediatamente fluyó sangre y agua" (Jn XIX, 34). La hoja le entró algo oblícua por el costado derecho, por encima de la sexta costilla dejando una herida externa ovalada de 4,4 x 1,1 cm. Se empleó la típica "lancea" de uso común entre los auxiliares romanos, una lanza con una punta larga en forma de hoja y que se redondea hasta el asta. En el trayecto atravesó la pleura, pulmón derecho y la aurícula derecha (Fig. 4). La sangre surgiría de la citada aurícula, que conectada hacia arriba con la vena cava superior y hacia abajo con la cava inferior, se halla siempre llena de sangre líquida en los cadáveres recientes. Pero ¿y el agua?, probáblemente procedía de un derrame pericardio y/o pleural provocados por los golpes en el pecho y aumentado por la posción del cuerpo en la cruz.

    Ya al principio mencionábamos a la Sábana Santa de Turín y como decíamos mucho de los detalles minunciosos que hemos ido viendo corresponden al estudio científico de la misma. Por eso, para corroborar más sus autenticidad, no resistimos la tentación de referirnos a los últimos descubrimientos efectuados por investigadores de la N.A.S.A. ya que pueden demostrar científicacmente la Resurección de Jesús. Resumiremos brevemente los avances; Jesús fué envuelto en una sábana (Fig.5) en la que se quedó grabada su imagen, imagen que contiene sobre el párpado derecho una moneda acuñada en Judea, práctica relativamente corriente en los enterramientos judíos. Pero es que además la imagen es tridimensional, no se produjo por contacto, no fué pintada por mano humana, no tiene un origen bacteriológico (ciertas bacterias como la Serratia marcescens, Pseudomonas aeruginosa, etc, producen sustancias pigmentadas), ¿Cómo surgieron las figuras térmicas que disolvieron y fundieron regueros de sangre estampándolos en el lienzo de forma uniforme siendo todo el Cuerpo foco en el momento de la grabación (lo que indica que se encontraba en ese momento en levitación). La imagen no alcanza más que a una ligerísima parte superior de las fibras limitándose a la mera porción más superficial con lo que la energía liberada ni fué absorbida ni penetró en las fibras. Dicha energía, por último, poseía la sufiente potencia para proyectar la imagen contra el tejido hasta una distancia de 4 cm. pero al mismo tiempo no causó distorsiones en aquellas zonas que devieron estar en contacto directo.

    En definitiva debió de tratarse de un proceso sobrenatural que escapa, como tal, a la razón humana y que, indican que aquel "hombre" de la sábana sufrió un gran castigo físico, fué crucificado y resucitó. ¿Fué realmente Jesucristo?. A unos les parecerá que sí, otros tendrán dudas, finalmente otros lo negarán, a nosotros sólo nos queda por decir que cada uno saque sus propias conclusiones a la luz de su fé y sus creencias.

    José Liébana Ureña (1983)
    Catedrático de Microbiología en la Universidad de Granada

    Bibliografía

    BARBET, P. (1950) La Pasion de N. S. Jesús-Christ selon le Chirugien. Ed. Dillem. París

    BENITEZ, J.J. (1982) El Enviado. Plaza y Janes S.A. Barcelona

    CARREINA, M. (1982) La Sábana Santa. Conferencia para los padres de familia. Colegio Patrocinio San José. Madrid

    CARREÑO, J.L. (1968) El retrato de Cristo. Ed. Centro Nacional Salesiano. Madrid

    CARREÑO, J.L. (1977) El Ultimo Reportero. Ed. Don Bosco. Pamplona

    CARREÑO, J.L. (1980) Al cerrarse la Urna de la Sábana de Cristo. Ed. Don Bosco. Madrid

    CORSINI, M. (1976) El sudarui de Cristo. Ed. Rialp S.A. Madrid

    GUIRAO, P. (1981) El enigma de la Sábana Santa. ATE. Barcelona

    HUMBER, T. (1977) El misterio del Sudario de Cristo. Ed. Javier Vergara. Barcelona

    LORING, J. (1981) La autenticidad de la Sábana Santa de Turin. Madrid